jueves, 19 de agosto de 2010

Pequeñas Semillitas 1160

PEQUEÑAS SEMILLITAS


Número 1160 ~ Jueves 19 de Agosto de 2010
Desde la ciudad de Córdoba (Argentina)



Hola !!!
Podemos decir, adelantándonos al Evangelio del próximo domingo, que para entrar en el Reino, hay que pasar por la puerta del Evangelio, avanzar hacia Jesús que nos dice (Jn 10,7.9) que Él mismo es la Puerta. Para entrar por esa puerta, Jesús nos invita a esforzarnos por vivir una vida nueva, un nuevo modo de relacionarnos con las cosas, con las personas y con Dios. Esforzarse es poner en práctica el mensaje liberador de Jesús. Acoger su Palabra. Vivir según su Evangelio.
Jesús es la única Puerta, siempre abierta. No hay otra.


La Palabra de Dios:
Evangelio del día


En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía a otros siervos, con este encargo: ‘Decid a los invitados: Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda’. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.
Entonces dice a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda’. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’. Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».
(Mateo 22, 1-14)

Comentario
Hoy, la parábola evangélica nos habla del banquete del Reino. Es una figura recurrente en la predicación de Jesús. Se trata de esa fiesta de bodas que sucederá al final de los tiempos y que será la unión de Jesús con su Iglesia. Ella es la esposa de Cristo que camina en el mundo, pero que se unirá finalmente a su Amado para siempre. Dios Padre ha preparado esa fiesta y quiere que todos los hombres asistan a ella. Por eso dice a todos los hombres: «Venid a la boda» (Mt 22,4).
La parábola, sin embargo, tiene un desarrollo trágico, pues muchos, «sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio...» (Mt 22,5). Por eso, la misericordia de Dios va dirigiéndose a personas cada vez más lejanas. Es como un novio que va a casarse e invita a sus familiares y amigos, pero éstos no quieren ir; llama después a conocidos y compañeros de trabajo y a vecinos, pero ponen excusas; finalmente se dirige a cualquier persona que encuentra, porque tiene preparado un banquete y quiere que haya invitados a la mesa. Algo semejante ocurre con Dios.
Pero, también, los distintos personajes que aparecen en la parábola pueden ser imagen de los estados de nuestra alma. Por la gracia bautismal somos amigos de Dios y coherederos con Cristo: tenemos un lugar reservado en el banquete. Si olvidamos nuestra condición de hijos, Dios pasa a tratarnos como conocidos y sigue invitándonos. Si dejamos morir en nosotros la gracia, nos convertimos en gente del camino, transeúntes sin oficio ni beneficio en las cosas del Reino. Pero Dios sigue llamando.
La llamada llega en cualquier momento. Es por invitación. Nadie tiene derecho. Es Dios quien se fija en nosotros y nos dice: «¡Venid a la boda!». Y la invitación hay que acogerla con palabras y hechos. Por eso aquel invitado mal vestido es expulsado: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» (Mt 22,12).
Rev. D. David AMADO i Fernández (Barcelona, España)


Santoral Católico
San Ezequiel Moreno



Nació el 9 de abril de 1848 en Alfaro, Rioja España. En el seno de una humilde familia y con gran devoción católica, sus padres fueron Félix Moreno y Josefa Díaz. Desde muy niño descubrió su vocación a la vida religiosa y el 21 de septiembre de 1884 ingresó como religioso en el convento español de los agustinos recoletos en Monteagudo, Navarra. Al año siguiente hizo su profesión religiosa en el teologado de Marcilla. En 1870 viajó a Manila, Filipinas, donde se desempeñó como misionero. Al año siguiente fue ordenado sacerdote y destinado a Mindoro donde continuó sus actividades misioneras.

Poco tiempo después se enfermó de paludismo y regresó a Manila. Más tarde fue nombrado superior del convento de Monteagudo y vuelve a España para dedicarse a la formación de los futuros religiosos misioneros.

En 1888 viajó a Colombia al mando de un grupo de misioneros agustinos recoletos. En este país empezó a reactivar las misiones y en 1893 fue nombrado obispo titular de Pinara y vicario apostólico de Casanare, en 1895 fue nombrado Obispo de Pasto. San Ezequiel desempeñó su nueva misión con la eficacia y generosidad que lo caracterizaban pero tuvo que superar numerosos obstáculos.

En 1905 se le diagnosticó cáncer y ante las reiteradas súplicas de los fieles y de los religiosos de su Orden, al año siguiente volvió a España para operarse. La operación no tuvo éxito y San Ezequiel, firme en su fe, se retiró al convento de Monteagudo, España, donde murió el 19 de agosto de 1906.

Su fama de santidad creció rápidamente, sobre todo en Colombia. Fue beatificado por el Papa Pablo VI en 1975 y el 11 de octubre de 1992 fue canonizado por el Papa Juan Pablo II. San Ezequiel Moreno es considerado como el especial intercesor ante Dios por los enfermos del cáncer y uno de los más grandes apóstoles de la Evangelización de América.


Pensamiento


"He tomado sobre mis espaldas el monopolio de mejorar sólo a una persona, y esa persona soy yo mismo, y sé cuán difícil es conseguirlo."
Gandhi


Temas Médicos:
Carta a mi médico


Querido doctor Biot:

Cuando era niño, me gustaba, como a todos los niños, estar enfermo. Fue entonces cuando, por primera vez, oí pronunciar aquella palabra que tantas veces encontraría en mi vida como signo de gran dignidad: la palabra «doctor».

Tanto para mí como para los otros niños, el doctor era el ser mágico por excelencia: el ser que adivina, alivia y conforta; y, para uno de mi edad, aquel que se hallaba cerca del abuelo o de la abuela en el momento del último respiro.

En aquel tiempo pensaba que el doctor, estando presente tanto en el inicio como en el final de la vida, era el hombre que conocía todos los secretos de la vida y de la muerte. Y a la edad de diez años, ya ambicioso, mi sueño era el de convertirme un día en médico yo también.

¡Cómo me falta, querido doctor! Durante tres años -hasta la muerte-, usted me ha cuidado y sanado. Y desde entonces no he podido encontrar un médico semejante a usted.

Lo que me acercó a usted -al punto de haberse convertido en mi amigo- es el hecho de que, además de médico, era usted un verdadero filósofo. Abrigaba la idea contraria a la del famoso Doctor Knock, de Jules Romains, a quien había ido a aplaudir al teatro, según la cual todo hombre sano es un enfermo que no sabe que lo es.

Usted me ha enseñado, por el contrario, que todo hombre que se lamenta de sus sufrimientos es un hombre sano que ignora serlo. Esta era, por otra parte, la teoría de Hipócrates y la de los grandes médicos chinos. Por lo tanto, su convicción era la de que el médico es aquel que impide que uno se enferme y al que ya no es necesario consultar -ni pagar- cuando se ha caído en cama. El médico debe enseñarnos la higiene, es decir, el arte de no enfermarse. Querido doctor Biot, usted enseña la sabiduría de la que es necesario dar prueba para no estar nunca enfermo. Esta era su medicina y ésta, también, su filosofía.

Otra de sus ideas era que el cansancio no proviene de aquello que se hace. Lo que se hace, si se realiza a fondo, con pasión y con toda el alma, no cansa nunca. Lo que cansa es el pensamiento de lo que no se hace.

Es usted, doctor, quien me enseñó que yo estaba hecho para el surmenage. Era, y lo soy aún, un gran nervioso. No sé hacer nada. «Sobre todo, sobre todo -insistía usted cuando lo llamaba a casa- «no debe fatigarse: se enfermaría». Después daba usted su consejo médico: «Cuando repose, repose a fondo; cuando se distraiga, distráigase a fondo, y cuando coma o beba, hágalo a fondo igualmente».

Solía decirme que el gran secreto de la felicidad, el arte supremo de la vida, era practicar eso que los místicos llaman «abandono». Bergson me dio un consejo similar cuando me dijo un día: «De ahora en adelante he decidido hacer sin fatiga lo que en otro tiempo hacía con ella». Era la regla de Santa Teresa del Niño Jesús y la de todos los grandes místicos. De este modo, para estar bien, usted prescribía simplemente suprimir la fatiga.

Me citaba a menudo estas palabras de Goethe: «Sufro por lo que no sucederá y tengo miedo de perder lo que no he perdido».

Usted fue un precursor. Había entendido -medio siglo antes que los demás- que la era en la que entrábamos sería una era en la que los problemas de salud y de equilibrio entre el alma y el cuerpo serían los principales problemas. Antes que los otros intuyó que ninguna acción era buena si no encarnaba un pensamiento, que todo pensamiento implicaba una ética y que toda ética implicaba a su vez una filosofía superior o una religión.

Su cualidad principal era la de estar disponible a cualquier hora del día. Era devoto, gentil, jovial. Ponía en todo esa mezcla de ironía y amor llamada humorismo. Contra lo que podría creerse, el humorismo no está muy lejos del amor: el humorismo es el amor oculto bajo el velo de la ironía.

Al término de su visita, usted escribía sobre un papel finísimo la receta: «Ninguna cura porque no hay nada que curar». Un día, en la parte inferior de la hoja, escribió: «Oportuno el uso del bastón». Desde entonces el bastón no me ha abandonado nunca. Estaba usted en lo cierto: el bastón es como un gentil compañero, mudo y dulce, que me une al suelo.

Hoy, dado que el número de mis años se acerca al siglo, me pregunto a veces cuáles son los consejos que me daría para ayudarme a envejecer como se debe. Entonces vienen a mi mente dos consideraciones suyas: «Envejecer significa tener todas las edades». Y ésta otra: «Envejecer significa ver a Dios más de cerca».

Doctor, usted tiene razón.

JEAN GUITTON

Jean Marie Pierre Guitton (1901-99) Filósofo francés, n. en Saint Étienne y m. en París. Estudió en la École Normale Supérieure y fue profesor en Troyes, Moulins, Lyon y en las universidades de Montpellier, Dijon y París (1955-68). En 1962 fue el único laico invitado a tomar parte en la segunda sesión del Concilio Vaticano II. Publicó, entre otras obras, La philosophie de Newman (1933), Jésus (1957), La vocation de Bergson (1960), Le sens de la durée (1984), Le Nouveau Testament (1987), Portraits et circonstances (1989) y Chaque jour que Dieu fait (1996).


Meditación breve


Ninguno de nosotros es totalmente bueno ni totalmente malo. Todos nos sentimos orgullosos de algunas de nuestras acciones y nos avergonzamos de otras. El hecho de ser humanos nos garantiza que sufriremos trastornos. Tenemos defectos, pero también virtudes. Aceptando el flujo y reflujo de la vida, suavizado por nuestras reacciones personales, vamos adquiriendo una suave madurez.
Si pretendemos experimentar la dulzura de la serenidad, debemos aceptarnos a nosotros mismos. Esta aceptación debe ser plena e incondicional, no selectiva. Somos como sabemos ser en el momento, nada más. Pero estamos en un devenir continuo. Cualquier cosa que hayamos dicho, pensado o hecho se combina en formas fabulosas para enriquecer nuestra experiencia y también las vidas de aquellos con quienes nos relacionamos.
No nos dejemos amargar por el yo del pasado y ni siquiera por el de ayer. La humilde aceptación de esa porción del todo endulzará el resto.
Hoy puedo evitar la vergüenza si pienso y siento antes de actuar o de reaccionar.
Gra Baq


Pedidos de oración

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Pedimos oración por la salud del señor Osvaldo de la Cruz V. A. de la ciudad de La Rioja, Argentina, 88 años de edad, padre de una querida amiga, Inés, quien a su vez realiza una intensa y generosa labor comunitaria en su ciudad. Don Osvaldo está con problemas cardíacos y se le ha tenido que implantar un marcapasos, por lo que rogamos a la Santísima Virgen María que lo cubra con su manto de amor y protección, a la vez que Jesús bendiga a toda la familia.


Seguimos rezando por los 33 mineros que permanecen atrapados en la mina San José, de Atacama, Chile, desde hace ya más de diez días, sin que los intentos por rescatarlos hayan dado resultado hasta el momento. Por el tiempo transcurrido y los nuevos derrumbes producidos al intentar llegar a ellos, la situación se torna ya extremadamente crítica. Encomendemos a María la vida de estos trabajadores y el consuelo para sus familias.


Pedimos oración por la señora Lucila T. de 67 años de edad, que vive en Santiago del Estero, Argentina, y está afectada de hepatitis C, para que el Padre Misericordioso le sostenga y le permita sobrellevar esta enfermedad crónica de la mejor manera.


Pedimos oración por el señor Miguel P. que vive en Tuetal, Alajuela, Costa Rica, y que ha sido diagnosticado con cáncer, para que Dios lo fortalezca en esta batalla contra la enfermedad, lo mismo que a su hija Amalia y a toda la familia.


Pedimos oración por Oscar Orlando B. que vive en Tegucigalpa, Honduras, Centro Amércia, que hace un año está sin trabajo, para que el Buen Jesús le conceda la gracia de un empleo digno.


Tú quisiste, Señor, que tu Hijo unigénito soportara nuestras debilidades, para poner de manifiesto el valor de la enfermedad y la paciencia; escucha ahora las plegarias que te dirigimos por nuestros hermanos enfermos, y concede a cuantos se hallan sometidos al dolor, la aflicción o la enfermedad, la gracia de sentirse elegidos entre aquellos que tu Hijo ha llamado dichosos, y de saberse unidos a la pasión de Cristo para la redención del mundo. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.


Ven Espíritu Santo...!


Espíritu Santo, fortalécenos para que amemos de tal modo a Jesús, el Salvador del género humano, que muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la verdadera vida, de tal modo que su divina sangre nunca sea inútil para nosotros. Así sea.
P. Florentín Brusa cmf


Felipe de Urca
-Jardinero de Dios-



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