domingo, 22 de marzo de 2026

Pequeñas Semillitas 6269

PEQUEÑAS SEMILLITAS
 
Año 21 - Número 6269 ~ Domingo 22 de Marzo de 2026
Desde la ciudad de Córdoba (Argentina)
¡Alabado sea Jesucristo!
Leemos hoy en el Evangelio que muchos de los judíos que habían ido a la casa de Marta y María empezaron a creer en Él luego de contemplar la resurrección de Lázaro.
La pregunta para nosotros es “¿Que tenemos que creer?” Más que todo, tenemos que creer en la persona de Jesús; creer que Él nos promete la vida eterna; creer que Él nunca nos deja solos;  creer que Dios es un Dios de compasión y misericordia; creer que la vida triunfa sobre la muerte; creer que lo que está muerto en nuestro corazón puede encontrar nueva vida; creer que podemos perdonar; creer que podemos encontrar alegría después de profundo dolor; creer que hay belleza en la vida; creer que hay esperanza cuando no podemos ver la luz; creer que la fe de la comunidad nos lleva a través de nuestros problemas; creer que Dios puede resucitarnos a nuevas posibilidades.
La fe no anula ni evade el dolor, pero le da un sentido que permite transitarlo con esperanza en ese Dios que no defrauda a los que creen en Él.
 
La Palabra de Dios
Lecturas del día
- DOMINGO 5 DE CUARESMA -
Primera Lectura: Ezequiel 37, 12-14
 
Salmo: Sal 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8
 
Segunda Lectura: Romanos 8, 8-11
 
Santo Evangelio: Jn 11,1-45
En aquel tiempo, había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo». Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.
Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea». Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?». Jesús respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él». Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle». Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará». Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él». Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con Él».
Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará». Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día». Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».
Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama». Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde Él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le responden: «Señor, ven y lo verás». Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería». Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?».
Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: «Quitad la piedra». Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día». Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!». Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar».
Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él.
 
Comentario:
Hoy, la Iglesia llega a las puertas de la Semana Santa. De aquí a pocos días celebraremos el acontecimiento más importante de la historia: Jesús, Dios hecho hombre, se entrega a la Pasión para perdonar los pecados de todos los tiempos. Pero esta ofrenda de su vida no acaba en la muerte. Con la Resurrección, Cristo nos introduce en la vida divina, nos hace participar de la comunión personal con la Trinidad. Y, porque Jesús ha resucitado, nosotros somos verdaderamente hijos de Dios. El Evangelio de hoy nos introduce en ello con la resurrección de Lázaro.
Ciertamente, la situación de este pasaje es dramática. Porque Lázaro, el íntimo amigo de Jesús, cae enfermo y muere. Y, aunque el Señor está impactado hasta el punto de que «se echó a llorar» (Jn 11,35), no ha evitado su muerte. Él, que tantos milagros ya había obrado, no salva a su gran amigo.
Esta paradoja nos muestra cómo actúa Dios: Él siempre está a nuestro lado. Incluso, cuando vienen mal dadas, Jesús llora porque no es insensible a nuestro sufrimiento. Como hizo con Lázaro.
Mejor aún, los sufrimientos pueden unirnos más a Dios. La muerte de Lázaro no es agradable para Jesús, pero la acepta para que «el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,4). Y con nosotros sucede lo mismo. A Dios no le gusta vernos sufrir, pero se sirve de nuestras dificultades para darnos su vida. Lo explica el santo Padre León XIV cuando dice que «Él es quien cura nuestras heridas; Él es quien cuida de nosotros. En los momentos de oscuridad, aun contra toda evidencia, Dios no nos deja solos; al contrario, precisamente en esas circunstancias estamos llamados más que nunca a esperar en su cercanía de Salvador que nunca abandona».
Es cierto que hay un punto misterioso en todo eso que no acabamos de comprender. Conviene que nos fijemos en la Madre de Dios. Ninguna madre desea ni entiende el sufrimiento de su hijo. Sin embargo, Ella permaneció al pie de la Cruz.
* Rev. D. Eduard CAMERON i Torra (Sabadell, Barcelona, España) © Textos de Evangeli.net
 
Palabras de San Juan Pablo II
«La Cuaresma, vivida con los ojos puestos en el Padre, se convierte así en un tiempo singular de caridad, que se concretiza en las obras de misericordia corporales y espirituales»
 
Predicación del Evangelio:
Nuestros muertos viven
El adiós definitivo a un ser muy querido nos hunde inevitablemente en el dolor y la impotencia. Es como si la vida entera quedara destruida. No hay palabras ni argumentos que nos puedan consolar. ¿En qué se puede esperar?
 
El relato de Juan no tiene solo como objetivo narrar la resurrección de Lázaro, sino, sobre todo, despertar la fe, no para que creamos en la resurrección como un hecho lejano que ocurrirá al fin del mundo, sino para que «veamos» desde ahora que Dios está infundiendo vida a los que nosotros hemos enterrado.
 
Jesús llega «sollozando» hasta el sepulcro de su amigo Lázaro. El evangelista dice que «está cubierto con una losa». Esa losa nos cierra el paso. No sabemos nada de nuestros amigos muertos. Una losa separa el mundo de los vivos y de los muertos. Solo nos queda esperar el día final para ver si sucede algo.
 
Esta es la fe judía de Marta: «Sé que mi hermano resucitará en la resurrección del último día». A Jesús no le basta. «Quitad la losa». Vamos a ver qué es lo que sucede con el que habéis enterrado. Marta pide a Jesús que sea realista. El muerto ha empezado a descomponerse y «huele mal». Jesús le responde: «Si crees, verás la gloria de Dios». Si en Marta se despierta la fe, podrá «ver» que Dios está dando vida a su hermano.
 
«Quitan la losa» y Jesús «levanta los ojos a lo alto», invitando a todos a elevar la mirada hasta Dios, antes de penetrar con fe en el misterio de la muerte. Ha dejado de sollozar. «Da gracias» al Padre porque «siempre lo escucha». Lo que quiere es que quienes lo rodean «crean» que es el Enviado por el Padre para introducir en el mundo una nueva esperanza.
 
Luego «grita con voz potente: Lázaro, sal afuera». Quiere que salga para mostrar a todos que está vivo. La escena es impactante. Lázaro tiene «los pies y las manos atados con vendas» y «la cara envuelta en un sudario». Lleva los signos y ataduras de la muerte. Sin embargo, «el muerto sale» por sí mismo. ¡Está vivo!
 
Esta es la fe de quienes creemos en Jesús: los que nosotros enterramos y abandonamos en la muerte viven. Dios no los ha abandonado. Apartemos la losa con fe. ¡Nuestros muertos están vivos!
(P. José Antonio Pagola - Imagen de Misioneros Digitales Católicos)
 
Agradecimientos
Imaginemos que en el cielo hay dos oficinas diferentes para tratar lo relativo a las oraciones de las personas en la tierra:
Una es para receptar pedidos de diversas gracias, y allí los muchos ángeles que atienden trabajan intensamente y sin descanso por la cantidad de peticiones que llegan en todo momento.
La otra oficina es para recibir los agradecimientos por las gracias concedidas y en ella hay un par de ángeles aburridos porque prácticamente no les llega ningún mensaje de los hombres desde la tierra para dar gracias...
Desde esta sección de "Pequeñas Semillitas" pretendemos juntar una vez por semana (los domingos) todos los mensajes para la segunda oficina: agradecimientos por favores y gracias concedidas como respuesta a nuestros pedidos de oración.
 
💕 Desde Canadá, Elena Ch. B. agradece a Dios y a todos los que rezaron por su cirugía que se realizó llevada por la mano divina y ahora está muy bien y descansando.
 
💕 Desde Colombia, la familia Guerrero Cubides manifiesta su gesto de eterna gratitud por las oraciones que se llevaron a cabo por la salud y pronta recuperación de Esteban David, pequeño de apenas 2 años que llevaba una semana de estar hospitalizado. En el momento que se dio inicio a la cadena de oración en “Pequeñas Semillitas” inició su proceso de recuperación y fue dado de alta. Ahora se encuentra en su hogar disfrutando de la compañía de su familia quienes estarán atentos a su tratamiento siguiendo las indicaciones médicas. Un testimonio fiel de la presencia del Señor y de la fuerza de nuestras plegarias. Continuamos unidos en oración por la recuperación definitiva de Esteban David.
 
💕 Desde Bogotá, Colombia, nuestro lector y amigo Carlos Cardona Ortiz agradece a Dios Misericordioso porque finalmente se le ha hecho por parte de las autoridades el reconocimiento de la pensión por sus años de trabajo en docencia católica desde diciembre de 1980. Nos sumamos a su alegría y acción de gracias.
 
Oremos: Bendito seas, Dios mío, porque a pesar de ser yo indigno de toda ayuda, tu generosidad e infinita bondad nunca dejan de otorgar el bien aún a los ingratos y a los que se han apartado de ti. Conviértenos a ti, para que seamos agradecidos, humildes y piadosos, pues Tú eres nuestra salud, nuestra fortaleza y nuestra salvación.
 
Meditaciones de Cuaresma
Día 33º. Domingo 22 de marzo de 2026
Perdonar siempre. Un día, la Madre Teresa de Calcuta, encontró sobre un montón de basura una mujer moribunda que le dijo que su propio hijo la había dejado abandonada allí. La Madre la recogió y la llevó al hogar de Kalighat.  Aquella mujer no se quejaba de su estado sino de que hubiera sido su propio hijo quien la dejó allí. No podía perdonarle... La Madre Teresa, que quería que aquella mujer muriese en gracia de Dios, trataba de convencerla: ¿Debe perdonar a su hijo? le decía. Es carne de su carne y sangre de su sangre... Sin duda hizo lo que hizo en un momento de locura y ya estará arrepentido... Pórtese como una verdadera madre y perdónelo... Si ha pedido a Dios que le perdone sus pecados debe perdonar el que su hijo cometió con usted. Si lo hace, Dios recompensará su generosidad con un lugar en el Cielo. La mujer se resistía, pero la gracia terminó venciendo. - Le perdono, le perdono... dijo por fin llorando. Poco después moría.
Dios mío, dame gracia y amor para perdonar siempre: que ningún día me acueste guardando rencor a alguien, aunque me parezca que tengo motivos. ¡Me has perdonado Tú a mí!
 
Los cinco minutos de San Francisco
Marzo: Cuaresma y Pascua
Día 22
El servidor de Dios, tanto en el comer y dormir, como en el satisfacer otras necesidades, debe, con discreción, dar al cuerpo lo suficiente para que el hermano cuerpo no se queje y diga: “No puedo estar de pie y dedicarme a la oración, ni alegrarme en mis dificultades, porque no atiendes a mis necesidades”.  
(Textos seleccionados por Murray Bodo ofm)
 
FELIPE
-Jardinero de Dios-
(el más pequeñito de todos)
 
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