PEQUEÑAS
SEMILLITAS
Año
21 - Número 6257 ~ Martes 10 de Marzo de 2026
Desde
la ciudad de Córdoba (Argentina)
¡Alabado sea Jesucristo!
La conversión cuaresmal no es simplemente obras de penitencia. La
conversión es el cambio del corazón, es hacer que mi corazón, que hasta el
momento pensaba, amaba, optaba, se decidía por unos valores, unos principios,
unos criterios, empiece a optar y decidirse como primer principio, como primer
criterio, por el esposo del alma que es Jesucristo.
Sólo cuando llega el corazón a tocar la dimensión interior se realiza,
como dice el profeta, que “Tu luz surgirá como la aurora y cicatrizarán de
prisa tus heridas, se abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará
tu mancha”.
Esta es la conversión del corazón: dejar que realmente Él llegue a entrar
en todos los lugares de nuestro corazón. Convertirse a Dios es volverse a Dios
y descubrirlo como Él es. Convertirse a Dios es descubrir a Dios como esposo de
la vida, como Aquél que se me da totalmente en infinito amor y como Aquél al
cual yo tengo que darme totalmente también en amor total.
Pidamos esta gracia a Jesucristo para que nuestra Cuaresma sea una
Cuaresma de encuentro, de cercanía de profundidad en la conversión de nuestro
corazón.
(P. Cipriano Sánchez)
La Palabra de Dios
Lecturas del día
- MARTES 3 DE CUARESMA -
♡ Primera Lectura: Daniel 3, 25. 34-43
♡ Salmo: Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9
♡ Santo Evangelio: Mt 18,21-35
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas
veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete
veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces
siete.
»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar
cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le
debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese
vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.
Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia
conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo,
le dejó en libertad y le perdonó la deuda.
»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que
le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’.
Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya
te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que
pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron
mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le
mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda
porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero,
del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó
a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con
vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro
hermano».
♡ Comentario:
Hoy, el Evangelio de Mateo
nos invita a una reflexión sobre el misterio del perdón, proponiendo un
paralelismo entre el estilo de Dios y el nuestro a la hora de perdonar.
El hombre se atreve a medir y a llevar la cuenta de su magnanimidad
perdonadora: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga
mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). A Pedro le parece que siete veces
ya es mucho o que es, quizá, el máximo que podemos soportar. Bien mirado, Pedro
resulta todavía espléndido, si lo comparamos con el hombre de la parábola que,
cuando encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios, «le agarró y,
ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’» (Mt 18,28), negándose a escuchar su
súplica y la promesa de pago.
Echadas las cuentas, el hombre, o se niega a perdonar, o mide
estrictamente a la baja su perdón. Verdaderamente, nadie diría que venimos de
recibir de parte de Dios un perdón infinitamente reiterado y sin límites. La
parábola dice: «Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en
libertad y le perdonó la deuda» (Mt 18,27). Y eso que la deuda era muy grande.
Pero la parábola que comentamos pone el acento en el estilo de Dios a la
hora de otorgar el perdón. Después de llamar al orden a su deudor moroso y de
haberle hecho ver la gravedad de la situación, se dejó enternecer
repentinamente por su petición compungida y humilde: «Postrado le decía: ‘Ten
paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión...» (Mt
18,26-27). Este episodio pone en pantalla aquello que cada uno de nosotros
conoce por propia experiencia y con profundo agradecimiento: que Dios perdona
sin límites al arrepentido y convertido. El final negativo y triste de la
parábola, con todo, hace honor a la justicia y pone de manifiesto la veracidad
de aquella otra sentencia de Jesús en Lc 6,38: «Con la medida con que midáis se
os medirá».
* Rev. D. Enric PRAT i Jordana (Sort, Lleida, España) © Textos de Evangeli.net
– Imagen: El Informador.
Santoral Católico:
Obispo
Fue obispo de Jerusalén
del año 313 al 334, más o menos, o sea, en el tiempo en que se inauguró la
"paz constantiniana" y se procedió a la construcción cristiana de la
Tierra Santa. A petición suya, Constantino el Grande y su madre santa Elena sacaron
a la luz el área del Calvario, y construyeron la basílica del Santo Sepulcro y
de la Resurrección, recogieron reliquias sagradas e hicieron otras excavaciones
y construcciones. Se opuso al arrianismo y participó en el Concilio de Nicea en
325.
Para más información hacer clic acá.
(Directorio Franciscano – COPE – Catholic.net)
Palabras de Benedicto XVI
«En Cuaresma se nos invita con mayor fuerza a
arrancar “de nuestros deseos las raíces de la vanidad” para educar el corazón a
desear, es decir, a amar a Dios. “Dios
—dice también san Agustín—, es todo lo que deseamos”. Ojalá que comencemos
realmente a desear a Dios, para desear así la verdadera vida, el amor mismo y
la verdad»
Tema del día:
La paz, signo de
Dios
Cuando Jesús enviaba a
sus discípulos a evangelizar, les encomendaba desear la paz a la familia y a la
casa adonde fueran. También Jesús resucitado desea la paz cada vez que se
aparece a los apóstoles y a las piadosas mujeres.
Es que la paz es el
signo de Dios. En cambio la turbación es señal de presencia demoníaca.
Los ángeles en Belén
cantaron: “Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena
voluntad”.
Debemos buscar la paz,
mantenernos en paz, vivir en paz y ser instrumentos de paz, y así seremos
felices ya en este mundo.
Pero la paz nace de un
corazón en amistad con Dios, en gracia de Él. Por ello es tan importante no
vivir en pecado grave, sino hacer una sincera y completa confesión con un
sacerdote, para recuperar la paz con Dios y con los hermanos, pues lo que Dios
perdona, lo perdonan todos, vivos y difuntos.
Quitemos de nuestra alma
todo lo que conlleve turbación e inquietud, porque Dios quiere que vivamos en
paz, y Él nunca nos inspirará o mandará algo que nos quite la paz, pues Dios es
un Dios de Paz, y da la paz a todos sus hijos.
El demonio sabe el valor
inestimable de la paz en un alma, y por eso si no puede hacer caer a las almas
en pecado, al menos trata de llevarlas a la inquietud, a perder la paz, pues
sabe que ese es el primer paso para alejarlas del camino de Dios.
Cuidemos nuestra paz
interior, y también la paz exterior, y en lo posible huyamos de los que no
tienen paz y siembran odio y discordia en su derredor.
La paz vale mucho, ya
que Dios está en un corazón que permanece en paz.
Recordemos que la señal
más clara para saber si un pensamiento o inspiración es del buen espíritu, es
comprobar qué sentimientos nos deja. Si dicho pensamiento o inspiración nos
perturba, nos inquieta, nos angustia, no es de Dios, no es del buen espíritu.
En cambio cuando la
moción es de Dios, deja una gran paz y quietud en el alma, y esa es la señal
cierta de que es Dios quien quiere eso.
Estemos atentos y veamos
cómo son nuestros pensamientos, e incluso comprobemos también si nos sucede que
una inspiración comienza bien, pero termina angustiándonos y turbándonos,
entonces ahí vemos claramente la influencia del mal, y podemos descubrir sus
astucias para llevarnos al mal camino.
Dios siempre que nos
inspire algo, nos dejará una profunda paz en lo profundo del alma. Estemos
atentos para saber discernir lo que viene de Dios, y lo que viene del otro.
(Sitio Santísima Virgen)
Meditaciones de Cuaresma
Día 21º. Martes 10 de marzo de 2026
Confesiones descuidadas. Cuentan que un obrero había
encontrado un billete de mil dólares; no le llamó mucho la atención porque en
América los billetes son iguales aunque tengan más valor y aquel papelito no le
impresionó demasiado. Se lo guardó en un bolsillo, varios días más tarde, al
pasar por un Banco, entró a preguntar cuánto valía.
Casi se desmaya cuando se lo dijeron, pues la suma
equivalía a tres meses de su jornal...
No es raro encontrarse con gente que no sabe lo que
tiene; puede ser un cuadro de un pintor famoso, un objeto antiguo, unas monedas
raras, unos sellos valiosísimos... Cuando nos enteramos, solemos sentir una
especie de envidia. No se nos ocurre pensar que nosotros también tenemos un
tesoro que quizá no apreciamos: El Sacramento de la Penitencia. Tal vez al
recibirlo frecuentemente y sepamos que no sólo sirve para perdonar los pecados
graves, sino también los leves; que aumenta la gracia santificante y nos proporciona
una gracia especial para rechazar las tentaciones... Sin embargo, a lo mejor
nos parece que no nos aprovecha demasiado, que no nos hace mejores; que nos
acusamos una y otra vez de los mismos pecados, inútilmente... Si eso pensamos,
lo más probable es que nuestras confesiones no sean buenas. La Penitencia es un
sacramento que Jesús pagó con su vida. Debemos cuidar todo lo que tiene que ver
con la confesión.
¿Hago bien el examen? ¿Pido perdón con dolor? ¿Digo
los pecados en concreto y también los veniales? ¿Hago propósito de no volver a
cometerlos? ¿Cumplo la penitencia?
Los cinco minutos de San Francisco
Marzo: Cuaresma y Pascua
Día 10
El primer superior provincial de los hermanos en
Francia fue el hermano Pacífico. Él había sido compañero de Francisco, quien lo
había enviado a fundar la Orden en ese país. Un día soñó que era conducido al
paraíso. Allí vio muchos tronos, todos ocupados, y uno más grande e
impresionante que los demás, desocupado. Cuando preguntó para quién estaba
reservado, le respondieron que era para San Francisco. Poco tiempo después le
preguntó al santo cómo se veía y qué pensaba de él mismo. Él le respondió:
“Pienso que soy el más grande pecador de este mundo. Sí, sin lugar a dudas, así
es como me veo”. Pacífico protestó diciendo: “¿Cómo puedes decir eso? ¿Entonces
qué habría que decir de todos los ladrones, los indecentes y los asesinos de
este mundo?” Pero San Franciso insistió: “Mira. En el mundo no hay ningún
hombre o mujer que pueda ser más agradecido con Dios que yo, porque por esos
pecadores él me ha concedido tantas gracias. Ese es el motivo por el que me
considero el peor de todos los pecadores”. (De un sermón de San Buenaventura, 4
de octubre de 1262).
(Textos seleccionados por Murray Bodo ofm)
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