¡Alabado sea Jesucristo! La Iglesia celebra hoy el Día del Párroco. El acontecimiento se
recuerda en la fiesta de San Juan María Vianney, que en vida fue un sacerdote
ejemplar, no por su inteligencia, sino por su espíritu de servicio en favor de
los más necesitados. El Derecho Canónico dice en su art. 519 que “el párroco es el pastor
propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la
comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del obispo diocesano, en
cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma
comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir con la
cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de los
fieles laicos...” Este es un día propicio para meditar acerca de la vida de nuestros
párrocos, sus dificultades, sus momentos de soledad, sus humanas
vacilaciones... Tenemos que rezar mucho por nuestros sacerdotes, pidiendo a
Dios que el Espíritu los fortalezca en su vocación y en su servicio, siempre
entregados a la comunidad, llevando el mensaje de Jesús. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, los proteja, los
acompañe, los sostenga y los cubra con su amor...
Nació en Dardilly (Lyon,
Francia) el año 1786. Eran los agitados tiempos de la Revolución Francesa. Tuvo
que superar grandes dificultades en los estudios para llegar a ordenarse de
sacerdote en 1815. Fue despedido del seminario de Lyon por insuficiencia, pero
con la ayuda del abate de Balley pudo completar los estudios. Después de la
ordenación comenzó su ministerio, pero sin licencias aún para oír confesiones.
Completada su formación, se le confió la parroquia de la pequeña aldea de Ars,
que gobernó y promocionó maravillosamente con su constante predicación,
mortificación, oración y caridad. Difundió el mensaje evangélico con la
catequesis que a diario impartía a niños y adultos, con la reconciliación que
administraba a los penitentes, con sus obras de ardiente caridad alimentada en
la Eucaristía. Estaba dotado de unas cualidades extraordinarias como confesor,
lo cual hacía que acudieran a él fieles de todas partes. Murió el 4 de agosto
de 1859. Pío XI lo nombró patrono de los párrocos. Oración:Dios de poder
y misericordia, que hiciste admirable a san Juan María Vianney por su celo
pastoral, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, ganar para Cristo a
nuestros hermanos y alcanzar, juntamente con ellos, los premios de la vida
eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. Para más informaciónhacer clic acá. (Directorio Franciscano – ACI Prensa – Catholic.net)
sea
cual fuese nuestro pasado, nuestra edad, nuestros defectos…
Los
santos, no todos han empezado bien,
pero
todos han sabido terminar bien.
Si
hemos empezado mal, procuremos cambiar
e
iremos al cielo junto con ellos»
(SAN
JUAN MARÍA VIANNEY)
Tema del día:
El demonio contra el Cura de Ars
El demonio odia a todos los santos porque muestran que el camino de la
salvación es posible para todos los hombres, pero al santo Cura de Ars lo odió
especialmente más que a otros. San Juan María Vianney fue un sacerdote de la parroquia de san Juan
Bautista de Ars, un poblado cercano a Lyon, en Francia. Allí llevaba una vida
en extremo austera y su alimento principal (al menos por largo tiempo) fueron
las patatas. Son célebres los asaltos con tentaciones y persecuciones que sufría, a
manos del diablo, para hacerlo renunciar a su actividad pastoral. Quizás los
más conocidos son los ataques nocturnos que sufría para despertarlo y no
dejarlo descansar. Los acosos tomaban diferentes formas. A veces, el maligno lo asediaba
como una bandada de murciélagos que infestaban la habitación, otras como ratas
que recorrían su cuerpo. Muchas veces era jalado de la cama hacia el suelo y
padecía todo tipo de ruidos molestos. Semejante empeño en desmoralizar a este santo tenía sus razones. La era
que, como santo confesor, salvaba cientos de almas para Cristo. San Juan María Vianney ejerció este sacramento de modo eminente -pues
ocupaba la mayor parte de su actividad pastoral- por el extraordinario don que
Dios le concedió para la confesión. En verdad, el Espíritu Santo obró grandes cosas a través de este humilde
párroco de pueblo. Se dice que varios testigos veían luces sobrenaturales
alrededor de su persona, que levitaba y que realizó varios milagros. Además,
recibió un don especial para expulsar demonios de los posesos. Tan grande fue su vocación por convertir a los hombres que Dios le
ayudaba con el don de discernimiento de espíritu. Por esta gracia, el Cura de
Ars podía conocer los secretos de los corazones, y no había pecado que no
conociera de quienes acudían a la confesión. Por este don, además de su inquebrantable voluntad para oír confesiones,
hasta los pecadores más tenaces se reconciliaban con Cristo cuando concurrían a
su parroquia. Dios le permitía conocer quiénes eran los que más necesitaban el
sacramento y él los llamaba a confesarse sin hacer fila. Hacia el final de su
vida, por lo menos los últimos diez años, los peregrinos que buscaban la
reconciliación a través del Cura de Ars debían esperar ¡hasta sesenta horas! En una ocasión el demonio le dijo a través de un poseso: “Tú me haces
sufrir. Si hubiera tres como tú en la tierra, mi reino sería destruido. Tú me
has quitado más de 80.000 almas”. Por esta labor de confesor incansable y las gracias que Dios dispensaba a
través de este gran santo, san Juan María Vianney, fue constantemente asediado
por el maligno. El santo reconocía cómo los ataques estaban vinculados a su
trabajo pastoral y menciona qué hacía para combatirlos: “Me vuelvo a Dios, hago
la señal de la cruz y digo algunas palabras de desprecio al demonio. Por lo
demás, he advertido que el estruendo es mucho mayor y los asaltos se
multiplican, cuando al día siguiente ha de venir algún gran pecador”. Con cierto humor el santo Cura de Ars decía: “El Garras es muy torpe, él
mismo me anuncia la llegada de grandes pecadores”. ¡Qué importante es el sacramento de la confesión! Ahora ya sabemos porque
el santo Cura de Ars es el patrono de los sacerdotes.
Meditaciones de “Pequeñas Semillitas”
Esta breve historia narrada por el Padre Nicolas
Buttet en la revista Familia Cristiana, es un testimonio del cuidado de la
Santísima Virgen a todos sus hijos: La Virgen María se mantiene de pie, portadora de
esperanzas, para todos aquellos que comparten la cruz de su Hijo. Rafael a los 6 años tiene una enfermedad congénita
que le conduce a la muerte. En el momento de darle las buenas noches a sus
padres inquietos de dejarlo solo, él les explica: - Todas las noches la Virgen Maria viene a verme. Yo
me siento muy bien con ella. - ¿Y esta noche ella está aquí contigo? - Ah, no, en este momento está visitando a todos los
que sufren, hace un largo viaje. Después, vendrá a verme a mi cama.
🌸
Compartir es básicamente tener "un corazón solidario",
y es ahí, en ese corazón solidario, donde verdaderamente se ubica el punto de
partida de la solidaridad en acción para afrontar los retos que implica
estrenarnos el corazón, lo que nos hace sentirnos seres humanos vitales,
sentimentales y conmovidos. Valores esenciales y enteramente humanos, sin los cuales es
imposible plantar semillas de sociedades sanas, que más tarde sepan transmitir
su legado con mayúsculas, trasladando sus valores a nuestros hijos,
enseñándoles un mestizaje de inquietudes que llevar en la práctica diaria en
nuestra intimidad más absoluta, apoyando al que nos necesita con la acción de
la solidaridad de unos con otros para contribuir a acabar con la injusticia
social. Hagamos de nuestro corazón solidario un talante ético de estar
en la vida, de seres en actos constructivos. Tomemos como referente los corazones repartidos, solidarios y
siempre llenos. Sólo una cosa podemos perder, esto es, nuestro propio
egocentrismo.
Los cinco minutos de San Francisco
Agosto: La alegría Día 4 Francisco prefería los insultos a las alabanzas,
porque, mientras los primeros lo impulsaban a corregirse, los segundos podrían
ser ocasión de caída. Por eso, cuando la gente enaltecía su santidad, ordenaba
a algún hermano que repitiera insistentemente en sus oídos palabras de
desprecio en contra de las voces de alabanza. Y cuando el hermano, muy a pesar
suyo, lo llamaba rústico, mercenario, inculto e inútil, lleno de íntima
alegría, reflejada en su rostro, le respondía: “Que el Señor te bendiga, hijo muy
querido, porque lo que dices es la pura verdad, y tales son las palabras que
debe oír el hijo de Pedro Bernardone”. (Textos seleccionados por Murray Bodo ofm)
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