PEQUEÑAS
SEMILLITAS
Año
21 - Número 6407 ~ Jueves 13 de Agosto de 2026
Desde
la ciudad de Córdoba (Argentina)
¡Alabado sea Jesucristo!
Perdonarse a uno mismo a veces resulta mucho más difícil que perdonar a
alguien más. Cuando llevamos algún sentimiento de culpa por algo que ha
sucedido en el pasado, sentimos profundamente, por lo general, una horrible
sensación de infelicidad. Es importante para todos, que nos podamos perdonar
para poder avanzar y liberarnos de esas angustias que desestabilizan todos
nuestros sentidos. Perdonarse a sí mismo, también ayuda a sanar nuestra salud.
Por eso hoy, como “tema del día” de esta edición de “Pequeñas Semillitas”,
presentamos hoy una oración liberadora,
en la que podemos recurrir a diario, si es necesario, en los momentos de
debilidad o de oscuridad, que puede ayudarnos a encontrar ese perdón interior
que cure nuestras propias heridas. La oración está tomada de la página “Píldoras
de Fe”.
La Palabra de Dios
Lecturas del día
- JUEVES 19 DEL TIEMPO ORDINARIO -
♡ Primera Lectura: Ezequiel 12, 1-12
♡ Salmo: Sal 77, 56-57. 58-59. 61-62
♡ Santo Evangelio: Mt 18,21—19,1
En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que
perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele
Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso
el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus
siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000
talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su
mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo
se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo
pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le
perdonó la deuda.
»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que
le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes».
Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya
te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que
pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron
mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le
mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda
porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero,
del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó
a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con
vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro
hermano».
Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue
a la región de Judea, al otro lado del Jordán.
♡ Comentario:
Hoy, preguntar «¿cuántas
veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (Mt 18,21), puede
significar: —Éstos a quienes tanto amo, los veo también con manías y caprichos
que me molestan, me importunan cada dos por tres, no me hablan... Y esto un día
y otro día. Señor, ¿hasta cuándo los he de aguantar?
Jesús contesta con la lección de la paciencia. En realidad, los dos
colegas coinciden cuando dicen: «Ten paciencia conmigo» (Mt 18,26.29). Mientras
la intemperancia del malvado, que ahogaba al otro por poca cosa, le ocasiona la
ruina moral y económica, la paciencia del rey, a la vez que salva al deudor, a
la familia y sus bienes, engrandece la personalidad del monarca y le genera la
confianza de la corte. La reacción del rey, en labios de Jesús, nos recuerda
aquello del libro de los Salmos: «Mas el perdón se halla junto a ti, para que
seas temido» (Sal 130,4).
Está claro que nos hemos de oponer a la injusticia, y, si es necesario,
enérgicamente (soportar el mal sería un indicio de apatía o de cobardía). Pero
la indignación es sana cuando en ella no hay egoísmo, ni ira, ni necedad, sino
deseo recto de defender la verdad. La auténtica paciencia es la que nos lleva a
soportar misericordiosamente la contradicción, la debilidad, las molestias, las
faltas de oportunidad de las personas, de los acontecimientos o de las cosas.
Ser paciente equivale a dominarse a uno mismo. Los seres susceptibles o
violentos no pueden ser pacientes porque ni reflexionan ni son amos de sí
mismos.
La paciencia es una virtud cristiana porque forma parte del mensaje del
Reino de los cielos, y se forja en la experiencia de que todo el mundo tenemos
defectos. Si Pablo nos exhorta a soportarnos los unos a los otros (cf. Col
3,12-13), Pedro nos recuerda que la paciencia del Señor nos da la oportunidad
de salvarnos (cf. 2Pe 3,15).
Ciertamente, ¡cuántas veces la paciencia del buen Dios nos ha perdonado en
el confesionario! ¿Siete veces? ¿Setenta veces siete? ¡Quizá más!
* Rev. D. Joan BLADÉ i Piñol (Barcelona, España) © Textos de Evangeli.net
– Imagen: Conferencia Episcopal Colombia.
Santoral Católico:
Mártires
Los santos mártires Ponciano,
papa del año 230 al año 235, e Hipólito, presbítero de la Iglesia de
Roma, fueron desaterrados juntos a Cerdeña, el año 235, por el emperador
Maximino el Tracio, que los condenó a trabajos forzados en las canteras. Allí
cumplieron juntos una condena común y, al parecer, fueron coronados con una
misma corona, la del martirio. Después sus cuerpos fueron trasladados y
enterrados en Roma, Ponciano en el cementerio de Calixto, Hipólito en el
cementerio de la Vía Tiburtina. El pontificado de Ponciano se vio turbado por
la continuación del cisma que había provocado el famoso escritor Hipólito. En
el común cautiverio, ambos se reconciliaron antes de su muerte. Ponciano
renunció el año 235 a la sede de Roma, y dejó expedito el camino para su
sucesor san Antero. Hipólito, fecundo escritor, de tendencias rigoristas,
estuvo en desacuerdo con la elección del papa san Calixto I (217-222), y él
mismo fue elegido antipapa. El desatierro a Cerdeña fue el camino de la
reconciliación en la Iglesia.
Oración: Te rogamos,
Señor, que el glorioso martirio de tus santos aumente en nosotros los deseos de
amarte y fortalezca la fe en nuestros corazones. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Para más información hacer clic acá.
(Directorio Franciscano – ACI Prensa – Catholic.net)
Pensamiento del día
«El perdón no cambia el
pasado, pero abre las puertas del futuro. No es un acto de debilidad sino de
fuerza. Es el acto de valentía de sueltas el dolor de ayer para poder caminar
liviano hoy, regalándote a vos mismo la paz que tanto mereces»
Tema del día:
Oración del perdón
Mi amado Jesús, he venido hasta Ti en este momento porque sé que sólo Tú
me puedes ayudar, quiero contarte ahora lo que hay en mi corazón. Sé que Tú me
puedes llenar de bendición, por eso, te entrego todo lo que soy, toma mi vida,
toma el desierto de mi vida y hazlo florecer. Tú me has dicho que no me vas a
abandonar y yo confío en esa palabra, creo en ella, creo que es una promesa de
amor.
Quiero pedirte perdón por mis pecados. Derrama tu sangre bendita sobre
mí, perdóname, Señor mío, por todo aquello que no he hecho bien, por todo el
mal que he hecho queriendo hacer el bien. No he actuado como corresponde.
Reconozco mis faltas, muchas veces, a diario, me olvido de Ti, me he
olvidado de tu amor, de tu misericordia, por las veces que he transformado mi
vida en algo sin norte, sin rumbo. Muchas veces he creído en muchas cosas fuera
de Ti y no en tu amor sincero, por eso, Padre mío, a Ti que me amas
incondicionalmente, te pido perdón por mis pecados, por conservar también
rencor en mi corazón, por no perdonarme a mí mismo el daño que he causado, por
las veces que he creído en maleficios, en embrujos, en esoterismos y cosas sin
sentido que me han alejado de tu bondad.
Rompe Señor, con todas esas cadenas que me han atado a vivir una vida
llena de dolor y sufrimiento. A veces pienso que es tan grave mi falta que no
soy digno de tu perdón, por ello, te ruego, te imploro, te suplico, que
siembres en mi alma, la humildad, el amor, la confianza para poder perdonarme
esas heridas que me dejaron los vacíos de no tenerte y de apartarte de mí.
Te pido perdón, Jesús mío, por todas las faltas cometidas contra mis
hermanos, he caído en las habladurías y he hablado mal de ellos, he actuado mal
y no he sabido vivir el servicio de la generosidad, solidaridad y amabilidad
con ellos, he actuado cegado por la rabia, por la ira, perdón Señor, perdón.
Perdóname por los momentos en que he querido lanzar la toalla, que no he
valorado que soy hechura tuya. Perdóname cuando he gritado al mundo entero que
no puedo más, que ya no puedo seguir.
Perdóname por los momentos en que no me he valorado, en que he pensado
que de nada sirvo en este mundo. Quiero sentir que limpias mi corazón, que me
liberas. Quiero saber que Tú estás conmigo y que toda frustración y todo deseo
de miseria que habita en mí, quede destruido por el poder de tu Cruz.
Sólo Tú, Señor de la historia, me das vida en abundancia, por eso me
retiro confiado de saberme perdonado, sano y liberado por tu amor.
Lléname de tu fuerza de ahora en adelante, necesito siempre de tu amor,
de tu perdón, de tu alegría para vivir. Quiero sentir tu presencia, tu paz, tu
gozo en cada circunstancia de mi vida. Lléname de tu poder, lléname de
fortaleza y por sobre todo, envíame tu Espíritu Santo, el gran Consolador, para
que guíe mis pasos y pueda caminar hacia Ti, sintiéndome perdonado y amado por
Ti.
Me perdono, me perdono, me perdono por tu amor y por tu bondad, me
perdono por tu Cruz y por tu Palabra que todo lo sana y todo lo renueva. Amén.
(Texto del Padre Pedro Guerra S.E. - Imagen de IA Gemini)
Meditaciones de “Pequeñas Semillitas”
El demonio sabe que cuando probamos un bocado de la
santidad, estamos irremediablemente perdidos para él. Es por eso que nos
distrae con multitud de pretextos y nos muestra la religión católica como algo
aburrido o molesto. Pero tenemos que saber que aquí sucede como cuando los
primeros discípulos encontraron a Jesús y le preguntaron dónde vivía, y Él les
respondió “Vengan y lo verán”. Y esto mismo nos dice a cada uno de nosotros, ya
que en el mismo caminar es que iremos descubriendo las maravillas de este camino,
a cuyo término está el Cielo con su felicidad eterna.
No hay nada más importante que nuestra
santificación, porque si trabajamos por ser santos, estamos trabajando por la
gloria de Dios, por la salvación de las almas, por nuestra patria y por el
mundo, porque un alma que se santifica atrae el bien sobre todo y sobre todos,
así como un alma que peca daña a todos, porque todos formamos un cuerpo.
Lancémonos entonces a la conquista del monte de la
santidad. Tenemos solo esta vida para hacerlo. No pasemos el tiempo en balde,
sino aprovechémoslo para ser cada día un poco mejores que el día que pasó.
Vivamos bien y confiados solo el momento presente, sin preocuparnos por el
futuro ni por los pecados del pasado.
El demonio solo teme esta decisión nuestra de ser
santos, porque sabe que nos escaparemos de sus manos y arrastraremos junto a
nosotros a muchas almas en la ascensión hacia lo alto. A pesar del mundo, del
demonio y de la carne... ¡Seamos santos!
🌸
Tanto la semilla intacta como la que rompe su cáscara tienen las
mismas propiedades. Sin embargo, sólo la que rompe su cáscara es capaz de
lanzarse a la aventura de la vida. Esta aventura requiere una única osadía:
descubrir que no se puede vivir a través de la experiencia de los otros, y
estar dispuesto a entregarse.
No se puede tener los ojos de uno, los oídos de otro, para saber
de antemano lo que va a ocurrir; cada existencia es diferente de la otra. No
importa lo que me espera, yo deseo estar con el corazón abierto para recibir.
Que yo no tenga miedo de poner mi brazo en el hombro de alguien,
hasta que me lo corten. Que yo no tema hacer algo que nadie hizo antes hasta
que me hieran.
Déjenme ser tonto hoy, porque la tontería es todo lo que tengo
para dar esta mañana; me pueden reprender por eso, pero no tiene importancia.
Mañana, quien sabe, yo seré menos tonto. (Kahlil Gibran)
Los cinco minutos de San Francisco
Agosto: La alegría
Día 13
El hermano León le preguntó: “¿Cuál es la verdadera
alegría?” Francisco le respondió: “Vuelvo de Perugia y, ya de noche avanzada, llego aquí; es
invierno, todo está embarrado y el frío es tan intenso que en los bordes de la
túnica se forman agujas de agua fría congelada, que me hieren las piernas hasta
brotar sangre de las mismas. Y todo embarrado, helado, temblando, llego hasta
la puerta y, después de estar un buen rato tocando y llamando, acude el hermano
y pregunta: “¿Quién es?” Yo respondo: “El hermano Francisco”. Y él dice: “Fuera
de aquí. Tú eres un simple pordiosero. Ya no te queremos ni te necesitamos”. Y
yo vuelvo a la puerta y digo: “Por el amor de Dios, recíbanme al menos por esta
noche”. Y él responde: “No me da la gana. Ve a pedir hospitalidad a otra
parte”. Te digo: si he tenido paciencia y no he perdido la calma, en eso
consiste la verdadera alegría, y también la verdadera virtud y el bien del
espíritu. (Escrito dictado por Francisco).
(Textos seleccionados por Murray Bodo ofm)
FELIPE
-Jardinero de Dios-
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