El hombre se siente solo hasta no aceptar su dimensión
verdadera: de ser hecho para amar.
Cada uno debe inventar el propio modo de amar: poseemos sólo lo
que damos.
La alegría entra en ti, poco a poco invade todo tu ser, se
vuelve verdaderamente tuya en medida que sabes ofrecerla a los demás.
Ensimismándose en los demás, la alegría crece, se expande,
abarca hombre y creación.
El secreto de la felicidad: encontrar la propia alegría en la
alegría de los otros.
La amistad hace florecer las flores más bellas, sólo cuando une
a Dios.
Nada nos falta y a todos podemos dar algo, porque Tú, Señor,
colmas nuestra pobreza.
Mi Dios, cuando una tarde borrascosa, no venga a pedirte una
mano, es porque he perdido el camino... aquella tarde te ruego, no te olvides
de mí.
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