domingo, 12 de julio de 2026

Pequeñas Semillitas 6375

PEQUEÑAS SEMILLITAS
 
Año 21 - Número 6375 ~ Domingo 12 de Julio de 2026
Desde la ciudad de Córdoba (Argentina)
¡Alabado sea Jesucristo!
La constancia es fundamental porque da un toque de perfección a todos los talentos del hombre. Sin ella nada vale ser un genio en el arte, en la ciencia, en la literatura o en los negocios. No se llega a ninguna meta. Queda uno vencido por el camino. En la base de los verdaderos triunfos está siempre una voluntad indomable. Puedes desarrollarla.
Nadie alcanza la meta con un solo intento, ni perfecciona la vida con una sola rectificación, ni alcanza altura con un solo vuelo. Nadie camina la vida sin haber pisado en falso muchas veces... nadie recoge la cosecha sin probar muchos sinsabores, enterrar muchas semillas y abonar mucha tierra. Nadie mira la vida sin acobardarse en muchas ocasiones, ni se mete en el barco sin temerle a la tempestad, ni llega a puerto sin remar muchas veces.
Que el Señor te ayude a desarrollar un temple de acero para ver en los obstáculos un punto de apoyo para lanzarte con más ímpetu hacia tus metas. (PADRE NATALIO)
 
La Palabra de Dios
Lecturas del día
- DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO -
Primera Lectura: Isaías 55,10-11
 
Salmo: Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14
 
Segunda Lectura: Romanos 8,18-23
 
Santo Evangelio: Mt 13,1-23
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente se quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas.
Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».
Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’. ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.
»Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».
 
Comentario:
Hoy consideramos la parábola del sembrador. Tiene una fuerza y un encanto especiales porque es palabra del propio Señor Jesús.
El mensaje es claro: Dios es generoso sembrando, pero la concreción de los frutos de su siembra dependen también —y a la vez— de nuestra libre correspondencia. Que el fruto depende de la tierra donde cae es algo que la experiencia de todos los días nos lo confirma. Por ejemplo, entre alumnos de un mismo colegio y de una misma clase, unos terminan con vocación religiosa y otros ateos. Han oído lo mismo, pero la semilla cayó en distinta tierra.
La buena tierra es nuestro corazón. En parte es cosa de la naturaleza; pero sobre todo depende de nuestra voluntad. Hay personas que prefieren disfrutar antes que ser mejores. En ellas se cumple lo de la parábola: las malas hierbas (es decir, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas) «ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13,22).
Pero quienes, en cambio, valoran el ser, acogen con amor la semilla de Dios y la hacen fructificar. Aunque para ello tengan que mortificarse. Ya lo dijo Cristo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). También nos advirtió el Señor que el camino de la salvación es estrecho y angosto (cf. Mt 7,14): lo que mucho vale, mucho cuesta. Nada de valor se consigue sin esfuerzo.
El que se deja llevar de sus apetitos tendrá el corazón como una selva salvaje. Por el contrario, los árboles frutales que se podan dan mejor fruto. Así, las personas santas no han tenido una vida fácil, pero han sido unos modelos para la humanidad. «No todos estamos llamados al martirio, ciertamente, pero sí a alcanzar la perfección cristiana. Pero la virtud exige una fuerza que (…) pide una obra larga y muy diligente, y que no hemos de interrumpir nunca, hasta morir. De manera que esto puede ser denominado como un martirio lento y continuado» (Pío XII).
* P. Jorge LORING SJ (Cádiz, España) © Textos de Evangeli.net
 
Pensamiento del día
«Abramos a las multitudes un mundo nuevo y divino, adaptémonos con caritativa dulzura a la comprensión de los pequeños, de los pobres, de los humildes. Queramos ser almas ardientes de fe y de caridad. Queramos ser santos vivos para los demás, muertos a nosotros mismos»  (SAN LUIS ORIONE)
 
Predicación del Evangelio:
Ser “buena tierra”
El evangelio de hoy nos habla de la parábola del sembrador. Es la primera de las grandes parábolas en que, por medio de una historia de la vida cotidiana, Jesús nos va descubriendo los misterios del Reino de Dios. Jesús nos habla de la palabra de Dios y de la disposición que deben tener las personas para acoger dicha palabra.
 
La parábola nos habla de un sembrador que, al sembrar a voleo según era el estilo antiguo, su semilla cae en terrenos diversos. Señala cuatro clases de tierra.
 
La primera es infructuosa porque es parte del camino. Estos son los que no entienden o no quieren entender la palabra de Dios, los que no tienen interés en aceptar el “Reino”, porque exige cambios en la vida, los que creen que lo que hacen está ya bien y no quieren molestias. Son los que tienen el corazón duro para Dios y para los demás. También aquellos que fácilmente admiten pájaros que se llevan la semilla buena, como pueden ser profetas falsos o ideologías modernas engañosas. Al fin están vacíos.
 
La segunda clase de tierra parece buena, pero debajo está llena de piedras que no deja ahondar la raíz. Son los inconstantes, los que no tienen fundamento. Hay personas que se entusiasman enseguida, pero por poco tiempo; buscan en la religión y en el culto sólo lo sensiblero, lo afectivo, sin contenido y sin base, sin una adhesión profunda de su fe, que les ayude a resistir tantas tentaciones que hay en la vida. No son personas de principios recios cristianos; por eso vemos tantos matrimonios que no perduran o vocaciones que no se tienen por verdaderas para toda la vida. Son entusiasmos efímeros, faltos de consistencia en sus buenos propósitos, que ante las pequeñas dificultades, siempre retroceden.
 
La tercera clase es buena tierra, con hondura, pero con muchas zarzas y espinas. Son los que tienen demasiadas preocupaciones de la vida, que si el sueldo no llega porque quieren tener tantas cosas, que si viajes, fiestas, etc. Son los que están en manos de las riquezas, o porque son ricos o porque lo quieren ser y no son capaces de sacrificar nada del bienestar conseguido o deseado.
 
Parecería que la parábola fuese pesimista; pero la cuarta clase de tierra llena el corazón de Jesús, y lo llenará más si nosotros nos esforzamos para pertenecer a esta clase. Son aquellos que oyen la palabra, procuran entenderla y la acogen con amor en su corazón. No sólo la acogen con humildad y con deseo de progreso en el bien, sino que perseveran y piden gracia para perseverar. Entre estos hay mucha diferencia; pero siempre ha habido y continúa habiendo muchos santos que aceptan plenamente la palabra y la ponen en práctica. A ellos (y a nosotros) les dice Jesús: “Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen”.
 
Jesús nos hace hoy reflexionar que no es lo mismo oír que comprender, no es lo mismo ver que conocer. En este mundo hay muchas palabras interesadas, propaganda egoísta, y se puede correr el peligro de escuchar la palabra de Dios como otra cualquiera palabra interesada; pero Jesús empeñó su vida en sus palabras. Murió por sus palabras o sus mensajes, que son vida que promueve nueva vida.
 
Cuando vamos a misa, especialmente los domingos, debemos preparar el alma para que la palabra de Dios y su explicación penetren en nosotros y nos estimulen a ser mejores. Para ello hay que ir en paz, si es posible con anterioridad, para que con la oración preparemos el espíritu. De esta manera los “pájaros” de esta vida no se llevarán la semilla, podremos ahondar y evitaremos preocupaciones externas que nos priven del bien que Dios quiere darnos continuamente en su presencia.
(P. Silverio Velasco - Imagen: El mensaje de Jesús)
 
Meditación dominical
Con la parábola del sembrador, Jesús quiso enseñar que la palabra de Dios puede producir resultados extraordinarios. Si el oyente recibe la palabra con un corazón sincero y la mente abierta, si la deja empapar su mente, la palabra produce una cosecha abundante. El Reino de Dios no depende de una educación fina o una posición de importancia. Depende de la voluntad de recibir la palabra y de dejarla crecer.
Esta parábola del sembrador nos invita a meditar sobre nuestra capacidad de acoger, arraigar y fructificar la Palabra de Dios en nuestra vida cristiana, en nuestra historia y en nuestro corazón. Estas tres realidades forman una unidad esencial que es constitutiva del «humus» que hace buena y fértil nuestra tierra. La esperanza que Dios tiene en nuestro misterio personal se revela en su capacidad de hacer fecunda nuestra tierra, y para ello provee la lluvia que la empapa y la hace germinar, con el fin de cumplir su misión de dar la semilla y el pan cotidiano (cf. Is. 55,10). Por eso, nuestra capacidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra de Dios nos abre en plenitud a aquellas primicias del Espíritu que nos hacen aguardar la adopción filial y la redención (cf. Rom. 8,29).
(Fr. Rubén Omar Lucero Bidondo O.P.)
 
Agradecimientos
Imaginemos que en el cielo hay dos oficinas diferentes para tratar lo relativo a las oraciones de las personas en la tierra:
Una es para receptar pedidos de diversas gracias, y allí los muchos ángeles que atienden trabajan intensamente y sin descanso por la cantidad de peticiones que llegan en todo momento.
La otra oficina es para recibir los agradecimientos por las gracias concedidas y en ella hay un par de ángeles aburridos porque prácticamente no les llega ningún mensaje de los hombres desde la tierra para dar gracias...
Desde esta sección de "Pequeñas Semillitas" pretendemos juntar una vez por semana (los domingos) todos los mensajes para la segunda oficina: agradecimientos por favores y gracias concedidas como respuesta a nuestros pedidos de oración.
 
💕 Desde Canadá llega un agradecimiento a Dios y a las personas que rezaron por la salud de dos hermanos: Katia Elena, que ha dejado ya el hospital, y Boris Enrique, con tratamiento oncológico y va superando lentamente el estrés agudo. Damos gracias a Dios y seguimos en oración por ellos.
 
💕 Desde Córdoba, Argentina, el autor de “Pequeñas Semillitas” (Felipe) agradece a Dios en la persona de Jesús, a la Virgen de Lourdes, a San José y a San Juan Pablo II, por los veinte (20) años ininterrumpidos de publicación de esta página, que se cumplieron ayer. Y también a todas las personas que en estos años leen y comparten con otros las “Pequeñas Semillitas” y que son la razón de ser de este humilde emprendimiento de evangelización digital.
 
Oremos: Bendito seas, Dios mío, porque a pesar de ser yo indigno de toda ayuda, tu generosidad e infinita bondad nunca dejan de otorgar el bien aún a los ingratos y a los que se han apartado de ti. Conviértenos a ti, para que seamos agradecidos, humildes y piadosos, pues Tú eres nuestra salud, nuestra fortaleza y nuestra salvación.
 
Los cinco minutos de San Francisco
Julio: La oración
Día 12
El Señor me dio una fe tal en las iglesias, que oraba y decía así sencillamente: “Te adoramos Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo”.
(Textos seleccionados por Murray Bodo ofm)
 
FELIPE
-Jardinero de Dios-
(el más pequeñito de todos)
 
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